Un fuego constante abraza la olla repleta de agua, burbujeante en su irritado hervor.
Los cuerpos caen desprolijos en el cuenco de hierro y se amontonan, hasta que su propio peso hace que se desparramen y comiencen a cocinarse. Lentamente surgen desde el fondo y vuelven a perderse en los abismos amarronados del líquido, que de a poco se va espesando con los pequeños trozos que se despedazan por la acción del constante calor y borboteo del agua cada vez más caldeada. El movimiento parece planificado: allí donde una nueva pieza deja ver su progresiva modificación, otra se escabulle hacia las profundidades del menjurje que humea sin descanso.
Los cuerpos se ablandan, cediendo su estructura al efímero infierno encargado de prepararlos para la pronta degustación.
Aceite, sal, pimienta, comino y pimentón se confabulan, inconscientes de su preciado servicio, para otorgar gusto a aquel informe cúmulo de pedazos.
No hace mucho tiempo lo que ahora se destruye ante el hervor estaba plagado de vida, fulgurante en su existir en el orbe. Su presente es muy distinto; irreversible su devastación.
Una sentencia, corta y simple, signará su destino, cerrará para siempre el ciclo vital: ¡La sopa está lista!
lunes, 7 de julio de 2008
domingo, 22 de junio de 2008
Un paraíso inesperado

Majestuoso al costado de una calle de tierra, El Paraíso, último hogar del escritor Manuel Mujica Láinez, se mostró más impresionante de lo que esperábamos. Habíamos llegado a Cruz Chica, pequeño paraje de La Cumbre, con la expectativa de conocer una casa-museo como tantas otras, con algún objeto interesante, alguna anécdota curiosa. Nos encontramos, en su lugar, con un tesoro cultural invalorable no sólo para Córdoba, sino para toda Argentina. La antigua casa de Manucho, o lo que es lo mismo, el actual Museo Mujica Láinez, nos sorprendió y dejó perplejos con su gigantesco caudal de historia.
La casa
La construcción, una clásica residencia de estilo colonial de principios del siglo XX, fue adquirida por el escritor en el año 1968, para instalarse de manera definitiva al año siguiente junto a su esposa, Ana de Alvear. Allí, en el dormitorio del segundo piso –decorado con cuadros de Suhurt, Soldi y Spilimbergo–, moriría Mujica Láinez, el 21 de abril de 1984.
Apenas tres años más tarde, en julio de 1987, la casa se abrió al público tal como estaba en la vida del escritor, para el deleite de centenares de amantes de la literatura o de la vida de este singular y polifacético personaje. Abría sus puertas un enorme cofre lleno de creatividad, de arte, de recuerdos, de vida.
Ya el mismo Manucho lo había expresado: “he acumulado, con algo de nostálgico, algo de coleccionista y mucho de urraca, los testimonios de una larga permanencia en el mundo... las huellas de mis desasosiegos de escritor, de periodista, de viajero... también de antecesores de mi mujer, personajes que atañen a la historia del país, de su política, de su literatura”.
El tesoro
Ese inmenso cúmulo de objetos puede observarse ya en el amplio jardín, cuando nos cruzamos con las curiosísimas lápidas de Cecil, su perro, y Balzac, su gato, o con una estatua de piedra que representa a Aquiles, unos metros antes de la puerta por donde Alejandra, la guía del lugar, nos condujo para adentrarnos.
En este punto, cuando entramos al comedor decorado con muebles que ostentan entre dos y cuatro siglos de lustrosa vida, es cuando tomamos noción de estar en un universo aparte, mientras nuestra guía avanza señalando cuadros y muebles, recordando fechas y nombres; recapitulación necesaria y asombrosa que rescataremos, acotada, en las líneas que siguen.
Luego de pasar por un pasillo lleno de fotos de presentaciones y recortes de diarios, entramos al Salón de los Retratos, que contiene, como su nombre lo anticipa, más de 80 retratos de antepasados familiares. Florencio Varela, Juan de Garay, e incluso la madre de Manuel, Lucía Láinez Varela, miran desde las paredes de esta gran habitación que cuenta, además, con un pequeño escritorio de campaña que perteneció al mismísimo José de San Martín.
Avanzamos hasta la sala de té, un pequeño cuarto abarrotado de antiguos daguerrotipos, numerosos premios y distinciones donde se repiten las siglas MML, además de varios libros y fotos dedicadas. Eduardo Mallea, Silvina y Victoria Ocampo, Alberto Gerchunoff, Gabriela Mistral o Jorge Luis Borges son algunos de los que dedicaron sus fotografías o libros “para Manucho, con afecto”.
Libros, retratos y dedicatorias se renuevan en el cuarto contiguo, donde se puede ver un retrato de Carlos Alonso o una pequeña acuarela de Xul Solar. Las obras completas de Mujica Láinez están en este cuarto, pegado a la sala que, con solo contemplar, hace que el viaje hasta La Cumbre valga la pena: la biblioteca.
¿Qué es lo que puede hallarse ahí? Una Historia de la magia en francés, por ejemplo; ediciones gigantescas con grabados de Alberti; literatura europea y americana desperdigada por los anaqueles que cubren las paredes de piso a techo. Más, muchos más volúmenes pueblan esta habitación llena de mundos.
El territorio del final
Salimos del Parnaso literario con un hondo suspiro, pero cuando todavía dudamos en pedir regresar por unos segundos, Alejandra nos condujo al segundo piso, donde están el pequeño estudio, un baño y la habitación del escritor. Inesperadamente, la guía partió alegando que debía iniciar un nuevo recorrido en pocos minutos.
Entonces, un nuevo deleite llenó nuestros ojos. Sobre una mesita de madera reposaba una vieja WoodStock, la máquina de escribir con la que el autor de Bomarzo pasaba sus manuscritos en las tardes serranas. Impecable, tiene ese aire doblemente quieto que tienen las cosas móviles cuando no se mueven.
Los minutos se esfumaron ante aquella pequeña recibidora de tecleos memorables. Después, solo quedaba el dormitorio. No queríamos entrar porque allí finalizaba el recorrido, y acaso también porque en ese lecho, todavía acompañado de los últimos libros que Manuel Mujica Láinez estuvo leyendo, fue el lugar donde la muerte acrecentó su cuenta perpetua.
Paradojas de este mundo, salimos del antiguo caserón renovados, llenos de vitalidad y ansias de saber más sobre el escritor, su obra y su vida. Con ansias, también, de escribir.
La casa
La construcción, una clásica residencia de estilo colonial de principios del siglo XX, fue adquirida por el escritor en el año 1968, para instalarse de manera definitiva al año siguiente junto a su esposa, Ana de Alvear. Allí, en el dormitorio del segundo piso –decorado con cuadros de Suhurt, Soldi y Spilimbergo–, moriría Mujica Láinez, el 21 de abril de 1984.
Apenas tres años más tarde, en julio de 1987, la casa se abrió al público tal como estaba en la vida del escritor, para el deleite de centenares de amantes de la literatura o de la vida de este singular y polifacético personaje. Abría sus puertas un enorme cofre lleno de creatividad, de arte, de recuerdos, de vida.
Ya el mismo Manucho lo había expresado: “he acumulado, con algo de nostálgico, algo de coleccionista y mucho de urraca, los testimonios de una larga permanencia en el mundo... las huellas de mis desasosiegos de escritor, de periodista, de viajero... también de antecesores de mi mujer, personajes que atañen a la historia del país, de su política, de su literatura”.
El tesoro
Ese inmenso cúmulo de objetos puede observarse ya en el amplio jardín, cuando nos cruzamos con las curiosísimas lápidas de Cecil, su perro, y Balzac, su gato, o con una estatua de piedra que representa a Aquiles, unos metros antes de la puerta por donde Alejandra, la guía del lugar, nos condujo para adentrarnos.
En este punto, cuando entramos al comedor decorado con muebles que ostentan entre dos y cuatro siglos de lustrosa vida, es cuando tomamos noción de estar en un universo aparte, mientras nuestra guía avanza señalando cuadros y muebles, recordando fechas y nombres; recapitulación necesaria y asombrosa que rescataremos, acotada, en las líneas que siguen.
Luego de pasar por un pasillo lleno de fotos de presentaciones y recortes de diarios, entramos al Salón de los Retratos, que contiene, como su nombre lo anticipa, más de 80 retratos de antepasados familiares. Florencio Varela, Juan de Garay, e incluso la madre de Manuel, Lucía Láinez Varela, miran desde las paredes de esta gran habitación que cuenta, además, con un pequeño escritorio de campaña que perteneció al mismísimo José de San Martín.
Avanzamos hasta la sala de té, un pequeño cuarto abarrotado de antiguos daguerrotipos, numerosos premios y distinciones donde se repiten las siglas MML, además de varios libros y fotos dedicadas. Eduardo Mallea, Silvina y Victoria Ocampo, Alberto Gerchunoff, Gabriela Mistral o Jorge Luis Borges son algunos de los que dedicaron sus fotografías o libros “para Manucho, con afecto”.
Libros, retratos y dedicatorias se renuevan en el cuarto contiguo, donde se puede ver un retrato de Carlos Alonso o una pequeña acuarela de Xul Solar. Las obras completas de Mujica Láinez están en este cuarto, pegado a la sala que, con solo contemplar, hace que el viaje hasta La Cumbre valga la pena: la biblioteca.
¿Qué es lo que puede hallarse ahí? Una Historia de la magia en francés, por ejemplo; ediciones gigantescas con grabados de Alberti; literatura europea y americana desperdigada por los anaqueles que cubren las paredes de piso a techo. Más, muchos más volúmenes pueblan esta habitación llena de mundos.
El territorio del final
Salimos del Parnaso literario con un hondo suspiro, pero cuando todavía dudamos en pedir regresar por unos segundos, Alejandra nos condujo al segundo piso, donde están el pequeño estudio, un baño y la habitación del escritor. Inesperadamente, la guía partió alegando que debía iniciar un nuevo recorrido en pocos minutos.
Entonces, un nuevo deleite llenó nuestros ojos. Sobre una mesita de madera reposaba una vieja WoodStock, la máquina de escribir con la que el autor de Bomarzo pasaba sus manuscritos en las tardes serranas. Impecable, tiene ese aire doblemente quieto que tienen las cosas móviles cuando no se mueven.
Los minutos se esfumaron ante aquella pequeña recibidora de tecleos memorables. Después, solo quedaba el dormitorio. No queríamos entrar porque allí finalizaba el recorrido, y acaso también porque en ese lecho, todavía acompañado de los últimos libros que Manuel Mujica Láinez estuvo leyendo, fue el lugar donde la muerte acrecentó su cuenta perpetua.
Paradojas de este mundo, salimos del antiguo caserón renovados, llenos de vitalidad y ansias de saber más sobre el escritor, su obra y su vida. Con ansias, también, de escribir.
jueves, 12 de junio de 2008
Conversaciones
Señoritas, señoras y señores, a continuación les transmito, en forma totalmente gratuita, este texto.
Me lo mandó un tal Diego (o al menos así se hace llamar). Que lo disfruten:
No quiero detenerme en muchos detalles. Fue hace unos días, por la mañana, hacía frío y los cinco nos reunimos en círculo, parados en el medio del patio, balanceándonos de un lado a otro, tratando de que ese mínimo rayo de sol nos calentara un poco el cuerpo. La charla fue saltando de un tema al otro, como cualquier charla entre amigos. No sé quien fue, pero alguien hizo el comentario sobre el acto en Rosario, sobre la estatua del “Che”, sobre el aniversario. Empezamos a recordar: “¿se acuerdan cuando se cumplieron los treinta años de la muerte? Había marchas por todos lados, todas las paredes que pintamos; ¡cuando vino Clinton! ¿Se acuerdan cuando vino Clinton?”, dijo Marcelo, “como ligamos ese día, había policías por todos lados, nos dieron sin asco. Y nosotros pensado que Clinton estaba asustado por la cantidad de estudiantes que éramos…el tipo seguro que ni se enteró”. Nos empezamos a reír, no sabíamos de qué, o quizás sí, pero nos reíamos. “Ahí fue la primera vez que recibí un balazo de goma” dijo Ariel. Seguimos hablando de otras cosas. Walter, que estaba callado hasta el momento, volvió sacar el tema, pero desde otro punto de vista: “las minas que nos levantábamos después de mostrar las heridas”. Volvimos a reír, y nos acordamos de cuando participábamos de las tomas de las facultades, de cualquiera, no importaba, ese era el lugar ideal para conocer a chicas, a las de psicología, a las de sociología, ahí a la noche, durmiendo en el piso, algo te tenía que tocar…salvo si eras el boludo que le tocaba hacer seguridad. “Bueno”, dijo Christian, “pero también teníamos la idea de cambiar las cosas…” todos nos cagamos de risa, “si, tenés razón… ¡¿pero como levantábamos minas?!” dijo Jorge mientras no paraba de reírse. Otra vez salimos del tema y charlamos sobre las materias, el fútbol y así saltando de tema en tema, y sin dejar de movernos para no congelarnos. Walter volvió sobre el asunto: “¿vieron que salen micros desde la facu? ¿Ustedes van? Nosotros tres salimos el jueves”. Por supuesto que íbamos a Rosario, todos nos estábamos dejando la barba hace un mes. Ariel hizo el comentario sobre las canas de nuestras barbas y nuevamente volvimos a estallar con las risas. Creo que fue Jorge, si fue Jorge, quien lo dijo: “¿vieron que ahora cumplimos con todas las características para morir en un enfrentamiento?” “¡¿Qué?!”, dijimos todos a los gritos. “Y claro, si nos matan de un balazo cumplimos con todos los requisitos para que hablen bien de nosotros. Miren, somos maridos, somos padres, tenemos amigos que dirán que éramos buenas personas…cumplimos con todos los requisitos para ser de los que mueren por una bala perdida o por la demencia de algún policía que te caga a golpes hasta dejarte duro en el piso”. Silencio. Silencio. Silencio. “Para mí, la última piedra que tiré con la gomera fue en la plaza de Mayo, en el 2001, de ahí, no tire más”, dijo Christian. Seguimos hablando de otras cosas, no recuerdo bien el orden, pero casi todo el tiempo era de minas. Después de un rato les conté lo que había visto viajando en tren. En uno de esos viajes que hacia desde Constitución a la La Plata para cursar la carrera, en una pared llegando a la estación de Tolosa, habían escrito el famoso lema “El Che Vive”. A los pocos días, alguien con otro aerosol había escrito por debajo del graffiti: ¿A dónde? Después de ese día, siempre miraba la pared esperando que alguien respondiera la pregunta, pero en cuatro años nadie se había animado, o simplemente no sabía.
El aula que necesitábamos estaba abierta, no fuimos rápido porque el frío era terrible.
El jueves nos iremos con las barbas canosas y le preguntaremos a alguien más joven. Quizás sepa.
Me lo mandó un tal Diego (o al menos así se hace llamar). Que lo disfruten:
No quiero detenerme en muchos detalles. Fue hace unos días, por la mañana, hacía frío y los cinco nos reunimos en círculo, parados en el medio del patio, balanceándonos de un lado a otro, tratando de que ese mínimo rayo de sol nos calentara un poco el cuerpo. La charla fue saltando de un tema al otro, como cualquier charla entre amigos. No sé quien fue, pero alguien hizo el comentario sobre el acto en Rosario, sobre la estatua del “Che”, sobre el aniversario. Empezamos a recordar: “¿se acuerdan cuando se cumplieron los treinta años de la muerte? Había marchas por todos lados, todas las paredes que pintamos; ¡cuando vino Clinton! ¿Se acuerdan cuando vino Clinton?”, dijo Marcelo, “como ligamos ese día, había policías por todos lados, nos dieron sin asco. Y nosotros pensado que Clinton estaba asustado por la cantidad de estudiantes que éramos…el tipo seguro que ni se enteró”. Nos empezamos a reír, no sabíamos de qué, o quizás sí, pero nos reíamos. “Ahí fue la primera vez que recibí un balazo de goma” dijo Ariel. Seguimos hablando de otras cosas. Walter, que estaba callado hasta el momento, volvió sacar el tema, pero desde otro punto de vista: “las minas que nos levantábamos después de mostrar las heridas”. Volvimos a reír, y nos acordamos de cuando participábamos de las tomas de las facultades, de cualquiera, no importaba, ese era el lugar ideal para conocer a chicas, a las de psicología, a las de sociología, ahí a la noche, durmiendo en el piso, algo te tenía que tocar…salvo si eras el boludo que le tocaba hacer seguridad. “Bueno”, dijo Christian, “pero también teníamos la idea de cambiar las cosas…” todos nos cagamos de risa, “si, tenés razón… ¡¿pero como levantábamos minas?!” dijo Jorge mientras no paraba de reírse. Otra vez salimos del tema y charlamos sobre las materias, el fútbol y así saltando de tema en tema, y sin dejar de movernos para no congelarnos. Walter volvió sobre el asunto: “¿vieron que salen micros desde la facu? ¿Ustedes van? Nosotros tres salimos el jueves”. Por supuesto que íbamos a Rosario, todos nos estábamos dejando la barba hace un mes. Ariel hizo el comentario sobre las canas de nuestras barbas y nuevamente volvimos a estallar con las risas. Creo que fue Jorge, si fue Jorge, quien lo dijo: “¿vieron que ahora cumplimos con todas las características para morir en un enfrentamiento?” “¡¿Qué?!”, dijimos todos a los gritos. “Y claro, si nos matan de un balazo cumplimos con todos los requisitos para que hablen bien de nosotros. Miren, somos maridos, somos padres, tenemos amigos que dirán que éramos buenas personas…cumplimos con todos los requisitos para ser de los que mueren por una bala perdida o por la demencia de algún policía que te caga a golpes hasta dejarte duro en el piso”. Silencio. Silencio. Silencio. “Para mí, la última piedra que tiré con la gomera fue en la plaza de Mayo, en el 2001, de ahí, no tire más”, dijo Christian. Seguimos hablando de otras cosas, no recuerdo bien el orden, pero casi todo el tiempo era de minas. Después de un rato les conté lo que había visto viajando en tren. En uno de esos viajes que hacia desde Constitución a la La Plata para cursar la carrera, en una pared llegando a la estación de Tolosa, habían escrito el famoso lema “El Che Vive”. A los pocos días, alguien con otro aerosol había escrito por debajo del graffiti: ¿A dónde? Después de ese día, siempre miraba la pared esperando que alguien respondiera la pregunta, pero en cuatro años nadie se había animado, o simplemente no sabía.
El aula que necesitábamos estaba abierta, no fuimos rápido porque el frío era terrible.
El jueves nos iremos con las barbas canosas y le preguntaremos a alguien más joven. Quizás sepa.
Calles híbridas
Buscando paliar la falta de combustible generada en los últimos días por los incontables reclamos municipales, gremiales y rurales, el Gobierno de la Provincia ha modificado, luego de una serie de reuniones con equipos técnicos (que incluyeron a ingenieros, cartoneros, literatos, linyeras y filósofos), el original funcionamiento de las calles.
Desde ahora, los destruidos senderos de asfalto estarán disponibles para el uso tanto de peatones como para el resto de los vehículos que anteriormente circulaban por estos territorios, ahora novedosamente poblados.
Cabal ejemplo de esto, apreciable en la fotografía de reciente factura, son las flamantes hordas de caminantes que, con distintos rumbos y ritmos, circulan por las calles híbridas. En la imagen se puede apreciar a los nuevos soberanos del pavimento esperando que el bermellón del semáforo desaparezca cediendo presencia al verde del avance, mientras efectivos policiales controlan que el tránsito no se desborde.
Desde ahora, los destruidos senderos de asfalto estarán disponibles para el uso tanto de peatones como para el resto de los vehículos que anteriormente circulaban por estos territorios, ahora novedosamente poblados.
Cabal ejemplo de esto, apreciable en la fotografía de reciente factura, son las flamantes hordas de caminantes que, con distintos rumbos y ritmos, circulan por las calles híbridas. En la imagen se puede apreciar a los nuevos soberanos del pavimento esperando que el bermellón del semáforo desaparezca cediendo presencia al verde del avance, mientras efectivos policiales controlan que el tránsito no se desborde.
miércoles, 4 de junio de 2008
Cinco píldoras
Lo que sigue son palabras, sensaciones, surgidas de otras palabras.
Pastillas, en fin.
Abulia:
El sol está por cruzar el horizonte, cediendo paso a la incipiente oscuridad. Cuando el disco solar estaba en su máximo esplendor, José había decidido tenderse en la reposera de su balcón a dejar pasar las horas.
“Después de todo, qué es un dos; solo es una nota más”, pensó.
Y ahí lo vemos, confundido con las sombras.
- - -
Trastorno obsesivo compulsivo:
Suena un teléfono.
- Hola.
- ¿¡Dónde estás!?
- En lo de Sandra amor.
- ¿¡A qué hora volvés!? Es tarde ya.
- Amor, son las siete. En un rato voy para casa.
- Bueno idiota, hacé lo que quieras. ¡Siempre fuera de casa vos!
- - -
Placidez cósmica:
La nieve cae raudamente sobre la espesura del monte, mientras el azote del viento sacude todo en su acompasado vaivén. El frío cubre la tarde con una inmovilidad espectral.
Desde la cabaña, mientras tomo café a escasos metros de un abundante fuego, la tempestad se asoma amable por la ventana.
- - -
Placer sensual:
El farol de la calle, insolente rival de la noche, se deja percibir a través de las cortinas rojas de tu cuarto. El ambiente, lleno a más no poder de un escarlata oscuro y potente, te decora de un modo sutil, envolvente.
Desnuda, extendida boca abajo a un costado de la cama, caminás por un sueño que yo no alcanzo. Me siento tentado a tocarte en un vil y egoísta movimiento que te saque de un mundo al que nunca accederé.
Elijo mirarte, en cambio, y con ese goce me voy perdiendo en mi propio universo onírico.
- - -
Furia incontenida:
Al entrar en mi habitación vi la tétrica escena.
Mirta, apoyada contra una pared, sostenía el cuchillo con el que hace unos minutos había matado a Ludmila, mi Ludmila...
Lo supe; en ese instante lo supe: Era mi turno de matar.
Pastillas, en fin.
Abulia:
El sol está por cruzar el horizonte, cediendo paso a la incipiente oscuridad. Cuando el disco solar estaba en su máximo esplendor, José había decidido tenderse en la reposera de su balcón a dejar pasar las horas.
“Después de todo, qué es un dos; solo es una nota más”, pensó.
Y ahí lo vemos, confundido con las sombras.
- - -
Trastorno obsesivo compulsivo:
Suena un teléfono.
- Hola.
- ¿¡Dónde estás!?
- En lo de Sandra amor.
- ¿¡A qué hora volvés!? Es tarde ya.
- Amor, son las siete. En un rato voy para casa.
- Bueno idiota, hacé lo que quieras. ¡Siempre fuera de casa vos!
- - -
Placidez cósmica:
La nieve cae raudamente sobre la espesura del monte, mientras el azote del viento sacude todo en su acompasado vaivén. El frío cubre la tarde con una inmovilidad espectral.
Desde la cabaña, mientras tomo café a escasos metros de un abundante fuego, la tempestad se asoma amable por la ventana.
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Placer sensual:
El farol de la calle, insolente rival de la noche, se deja percibir a través de las cortinas rojas de tu cuarto. El ambiente, lleno a más no poder de un escarlata oscuro y potente, te decora de un modo sutil, envolvente.
Desnuda, extendida boca abajo a un costado de la cama, caminás por un sueño que yo no alcanzo. Me siento tentado a tocarte en un vil y egoísta movimiento que te saque de un mundo al que nunca accederé.
Elijo mirarte, en cambio, y con ese goce me voy perdiendo en mi propio universo onírico.
- - -
Furia incontenida:
Al entrar en mi habitación vi la tétrica escena.
Mirta, apoyada contra una pared, sostenía el cuchillo con el que hace unos minutos había matado a Ludmila, mi Ludmila...
Lo supe; en ese instante lo supe: Era mi turno de matar.
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